domingo, 18 de febrero de 2018


Días como hoy 
pienso en él.
Y es el único instante
en que me siento libre.
Hace tanto tiempo ya
que a penas recuerdo
algún atisbo de su cara.
Es, sin embargo, su mirada 
lo que me mantiene viva.
Soñando que vuelve 
a acariciarme
mientras duermo 
el corazón. 
Y lo recompone 
trozo a trozo,
sin que a penas 
me dé cuenta. 
Provocando huracanes 
al otro lado del océano,
temiendo que algún día 
pueda dejar de amarme.
O aún peor:
que no pueda


volver a verle.


domingo, 28 de enero de 2018

Agárrate fuerte.

Me vio.
Se agarró fuerte a mí,
y me dijo:
¿puedes sostenerme?
No asentí. 
Tampoco me fui. 
Y se quedó ahí,
junto a mí. 
Hasta el final. 

Nunca nos quisimos de verdad.

Fue absurdo pretender amarnos.
Mi yo indomesticable.
Tu vida hecha por azar.
Nunca diste tu brazo a torcer.
Nunca nos quisimos de verdad.
Pretender cambiar
no es amar.
Mucho mejor:
                   dejar ir.
                  Dejar ser
                                de la forma
                          en que uno solo
            quiera
ser.

Te engañé con un futuro
estable, con hijos.
Me engañaste diciendo
que no te de drogarías más.

Empecé sembrando en otro monte
porque tus flores no erguían ante el sol
que yo plantaba cada día.

¿Cómo puedo empezar a amar
si mis manos se mojan en otro mar?
Ya no sé pensar.

¿Qué pretendíamos queriéndonos?
Dime,
por qué quisimos tanto el mar
procediendo nosotros
de áridos montes.

Dime,
¿por qué añoramos
la sal de una lágrima?

Harta.

He vuelto a escribir
en mi cuaderno.
Como si nadie fuera a leerlo.
Lo guardo para mí
y para otros cientos.

Harta de ser la gata
que escapó por la ventana
tu bruja de Cortázar,
la musa de un soneto
aún no escrito.
Harta de pensarte
y no tenerte.
De estos miles de kilómetros
-que ya son días-
que nos separan.
Harta de no contenerme
si estás presente.
Aunque haya alguien más
que ilumine mis días.
Harta de que seas
mis vacaciones
mi cielo
en medio del infierno
que se presenta de pronto.
Harta de esta forma tan mía
de quedarme
-contigo-
cuando siempre estoy huyendo.

Harta de mí
sin ti.

martes, 23 de enero de 2018

No entiendo cómo puedo echarte tanto de menos. Si juntamos todos los días que estuvimos cerca, ¿que serían en total? ¿Unos meses? Creo que eres el único al que mis amigos han podido querer, aunque sólo sea por el hecho de que saben que aún te quiero. Y que nunca dejaré de hacerlo. O quizá sea porque nunca has querido hacerme ningún mal. O quizá por tu Libertad. Esa forma de de dejarme ser yo misma mientras me acunas y me das tu cariño. La seguridad de que no vas a ninguna parte que no sea a mi lado. O cada vez que cuelgo el teléfono y me quedo pensando en tu respiración, que acompaña perfecta al ruido de mis latidos. Solo el hecho de que existas ya hace que recupere la fe. Quizá para mí también haya algo bueno. Quizá no sea hoy cuando vaya a perder la esperanza.
Mientras tanto te (ad) miro en la distancia, esperando que algún día vuelvas, a por el beso que nunca te di.

El último rayo de Sol.

El último rayo de Sol
es verde
como la esperanza,
es lo último que se pierde. 

Di vuelves.

Di vuelves. 
Di siempre. 
Diciembre. 

Me conformo.



Me conformo. Te digo. Ya sabes que con saber que estás bien, me conformo. Y un silencio en forma de sonrisa se dibuja al otro lado. No sé por qué lo sigo haciendo. No sé por qué contigo todo vale. No sé por qué te sigo esperando. No sé por qué estoy aquí sentada un viernes por la noche, a ver si acaso llamas. O incendias. No sé por qué entre mis labios se hace eterno un tal vez, ya no sé por qué. He dejado de escribir. Y tú me lo recuerdas. Y me dices que existe este sueño, que un día haremos realidad. Que no podemos dejar de luchar. Que la luz, de la vida: está ahí, para hacernos amar.

Tengo que olvidarte

Tengo que olvidarme
de que he hablado contigo
de que existe la posibilidad de verte. 
De que aún te quiero. 

sábado, 20 de enero de 2018

Hagamos un trato.

Hagamos un trato.


Llámame por el nombre que tú quieras. 
El que más te guste. 
Quizá el que me hubieras puesto 
si yo hubiera salido de tus entrañas. 

Pero no dejes de llamarme. 

Eso me hace recordar dos cosas: 
                                   que aún sigues aquí y que no has podido olvidarme. 

Creo que el mayor miedo del ser humano, 
                              más que la muerte, es el olvido. 

Miedo a no ser recordado. 
Miedo a no poder volver 
a tejer el camino ya andado. 
Parece que esta enfermedad 
vaya a pasos agigantados. 
O quizá sea que llevo muchos años 
demasiado lejos 
de mí misma.
Cada olvido es un puñal 
de realidad
en el centro de este Universo
que un día creamos. 


jueves, 18 de enero de 2018

Aunque ya sea tarde.

Hoy es tu cumpleaños.
Y me gustaría decirte un te quiero. Hace ya demasiados años. ¿Cuántas vidas vamos a aguantar? Me gustaría decirte que he visto una serie que te va a encantar. Y que he cambiado. Pero esto último no es verdad. Te diría que soy más tolerante con la injusticia, menos yo. Que ya no voy con mi verdad por bandera, porque me doy cuenta de que puedo estar equivocada. Que se me puede querer mejor. Que me he vuelto ordenada. Y que te encantaría conocer mi nueva casa. Pero ni siquiera me he mudado. Y este caos es cada día más inmenso. Me gustaría que me quisieras, de verdad. Me gustaría que quererme fuera un poco más fácil. No haber perdido gente por el camino. No haber dejado nunca de hablarte. Me gustaría no decir nunca más que llevo una eternidad sin abrazarte. Me gustaría poder hablar de ti a cada persona nueva que conozco. Llevarte siempre conmigo, y entenderte a cada instante. Pero hablamos idiomas distintos, tal vez de lenguas ya extintas. Quiero aprenderte, saber expresarme contigo. Pero ya van treinta años, y no lo consigo. Perdóname, de verdad. Perdóname por cada vacío, por cada falta, por cada insensatez, por cada vez que creíste que no te llevaba conmigo. Por no agarrarte de la mano, por no ver tu caída, por no ver que no eras feliz conmigo. De ti aprendí la lección más valiosa, la que más me ha ayudado en la vida. Y es que no siempre, no todo el mundo, puede quererte. Y, a veces, ni siquiera puedes hacer algo para cambiarlo. Pero, aún más importante, aprendí, que no sé querer distinto. Y lo siento. Aunque ya sea tarde.

martes, 16 de enero de 2018

Antes de que me olvides

Antes de que me olvides me gustaría escribirte un poema. Al que siempre volver cuando haga frío, en las noches oscuras de invierno en las que uno parece no saber nada. Y vuelve al calor de un recuerdo. ¿Dónde quedará el calor cuando ya no te quede nada? Estoy sobreviviendo a base de olvido. Supongo que eso hiciste tú. Eso te hizo tu cuerpo. Sobrevivir. No sé por qué, pero a veces nuestro cuerpo se enfrenta a nosotros mismos, y nos hace afrontar nuestros mayores miedos. (Mierda, ya estoy llorando. Seguro que si estuvieras sentada a mi lado, me dirías que dejase eso que me hace llorar. Que la vida es otra cosa. Que aquí estamos para ser feliz. A mí, a la niña del verso triste. Tú nunca te rendiste). Pero ayer se te olvidó mi nombre. El mío. Fue el primero. Y no pude evitar decírtelo. Yo, que sé muy bien que hay que dejar pasar el hecho por alto, me giré y te repetí mi nombre mirándote a los ojos con un no me olvides grabado en la retina. Las miradas y los sentimientos son lo último que se olvidan. De eso sí que sé un rato. Al segundo, recitaste una retahíla de nombres que tenían que ver conmigo, era tu forma de decirme: no te olvido. Y yo sonreí. Y salí de la habitación con el alma rota, pero con una promesa entre los labios. Este no es el poema prometido, ni siquiera tiene pinta de relato, pero aquí va el alma entera, y hecha pedazos.



jueves, 7 de diciembre de 2017

¿Cómo abrazar a un cactus?



Mi madre siempre me ha dicho que para que ocurra la magia hay que creer en ella.
Un día me hicieron tanto daño que dejé de creer. Y me marchité, como una flor.
Ahora soy un pequeño cactus, espinoso y poco abrazable. Lo he sabido gracias a que mi mejor amiga me puso un espejo delante.
Mientras me abrazaba la vi sangrar.
Entonces comencé a creer de nuevo. No tenía nada que perder. Y pensé que así tal como yo estaba nadie podría abrazarme, solo le haría daño. Hoy mientras volaba me acordé del sol. Y pensé que quizá, quién sabe. Quizá haya un sol para mí.
Y he vuelto a casa jugando a la rayuela en la acera. Y parece que tengo algo de calor. ❤️
Por cierto, te he hecho este dibujo. Por si te pierdes. 🌷

Para no olvidar.


LA SENTENCIA*

Esperando
la próxima piedra
vivo
preparada.
Ya me acostumbraré
a hacer de la memoria
un corazón nuevo.
El verano se desnuda
en mi ventana.
Tengo el presagio
de que en un tiempo
quedará vacía.



*Inspirado en la última palabra de cada verso del poema homónimo de Anna Ajmátova. 
Sé exactamente en qué momento se me congeló el corazón. Y por qué. Cuándo me di por vencida. Cuándo me ganó la vida. Lo sé porque sentí un peso enorme en el pecho, como una piedra. Luego el estómago se hizo un nudo, y no volví a amar a nadie más. Fue justo ese día. Cuando la única persona que nunca me había fallado, también falló. Porque las personas fallan, ¿sabes? Y no pude reparar mi error. Ya sé que un corazón de hielo es más fácil de romper, pero no hay nadie que se atreva a entrar en él.
Donde no hay futuro
se construye sobre el pasado.
Tengo miedo de volver a verte. 
(Ha pasado tanto tiempo).
Que ya no seas el mismo.
Y mi amor ya no sea eterno.
O peor, que sigas siendo tú
a sabiendas de que yo ya no soy yo
-después de todo lo vivido-
y no encuentre el infinito en tus pupilas.
Que el halo de tu decepción 
colme mi pena. 
Y sentir la certeza:
el peso del tiempo
desplomándose firme
sobre mí.
‪El último rayo de Sol‬
‪es verde‬
‪como la esperanza,‬
‪es lo último que se pierde.‬

Di vuelves.
Di siempre.
Diciembre.

No entiendo cómo puedo echarte tanto de menos. Si juntamos todos los días que estuvimos cerca, ¿que serían en total? ¿Unos meses? Creo que eres el único al que mis amigos han podido querer, aunque sólo sea por el hecho de que saben que aún te quiero. Y que nunca dejaré de hacerlo. O quizá sea porque nunca has querido hacerme ningún mal. O quizá por tu Libertad. Esa forma de de dejarme ser yo misma mientras me acunas y me das tu cariño. La seguridad de que no vas a ninguna parte que no sea a mi lado. O cada vez que cuelgo el teléfono y me quedo pensando en tu respiración, que acompaña perfecta al ruido de mis latidos. Solo el hecho de que existas ya hace que recupere la fe. Quizá para mí también haya algo bueno. Quizá no sea hoy cuando vaya a perder la esperanza.
Mientras tanto te (ad) miro en la distancia, esperando que algún día vuelvas, a por el beso que nunca te di.

Hoy es siempre todavía.

Después de pasar por un mal momento en la vida, de esos de los de "de esta no salgo", (y saliste), nos castigamos fuertemente por ello. No nos permitimos desear algo más porque tener lo justo ya es lo mejor que nos podría haber pasado. ¿Por qué nos hacemos esto? ¿No deberíamos desear con más ahínco la vida? El miedo nos mantiene atrapados en un confort que creemos nos asegurará no volver a pasar por ese mismo daño. Nos negamos a intentar, a arriesgar. Es tan grande el dolor vivido que no nos deja avanzar por si volvemos a caer. Es el miedo que nos impide poner el otro pie, por si el suelo se vuelve inestable. De nuevo. Por si es peor. Por si esta vez caemos del todo. Por si ya no nos quedan fuerzas. Olvidamos todo lo que fuimos, por lo que podría llegar a ser. Sin recordar que ahora somos más fuertes, más rápidos, más capaces, más nosotros que nunca. Sin recordar que la vida está ahí, dispuesta a que vuelvas a mirarte al espejo y decirle, ¿qué, nos la jugamos de nuevo?
¿Y si vuelve a pasar? Pues bien, si vuelve a pasar te vuelves a levantar con lo ya aprendido. Y yo te preguntaré algo más: ¿y si no vuelve a pasar? ¿y si te lo sigues negando todo? ¿y si por miedo a morir (que al final siempre sucederá) te niegas a vivir? ¿podrías perdonártelo? porque yo no. Así que sal de ahí, de donde quiera que estés metido y juégatela. Pero juégatela del todo. Dile a esa chica o a ese chico, lo mucho que te gusta, o la poca intención que tienes de olvidar lo que no merece ser olvidado. Lucha por el trabajo de tus sueños. Por todo eso que llevas una vida construyendo y no esperes más. Levántate cada día como si fuera el último. Porque tú más que nadie sabe que algún día lo será. (Ya te lo han dicho muchas veces). Coge ese tren que un día perdiste. Bébete la última cerveza que aquella noche no tomaste. Llama a tu madre. ¿Cuántos días llevas sin llamar a tu madre? Di te quiero. Perdona. Perdónales a todos, aunque solo sea por joder. Y vívetelo. Por ti, única y exclusivamente por ti. Y por todos los que un día te agarraron de la mano y te hicieron fuerte. Di gracias. ¿Cuánto tiempo dura esa palabra en tu boca? ¿Dos segundos? Sus efectos son para toda una vida. Así que coge esa vida y haz que sea un para siempre. Porque no vas a tener otra oportunidad.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Tengo miedo de volver a verte. 
(Ha pasado tanto tiempo).
Que ya no seas el mismo.
Y mi amor ya no sea eterno.
O peor, que sigas siendo tú
a sabiendas de que yo ya no soy yo
-después de todo lo vivido-
y no encuentre el infinito en tus pupilas.
Que el halo de tu decepción 
colme mi pena. 
Y sentir la certeza:
el peso del tiempo
desplomándose firme
sobre mí.

domingo, 22 de octubre de 2017



Tengo miedo a la eternidad.

Un día dejé de creer en Dios.
Al tiempo
en el amor.


Después apareciste tú.

E hice del amor un dios.

Y aquí estoy
aterrorizada
por que pueda haber más
de esta vida sideral.

Llévate los días,
que me sobran.
Llévate mi risa
que no vuelve.
Llévate las lágrimas
que ya ahogan.
Y este triste noviembre.

Déjame que termine.
No tengo miedo a la muerte.

viernes, 11 de agosto de 2017

Volver.

Podríamos volver.
Total, 
yo he vuelto a tomar café
y tú has vuelto a fumar. 
Ya hemos demostrado 
que no podemos dejar 
lo que nos mata.

miércoles, 26 de julio de 2017

Una mujer muere ahogada.

Una mujer muere ahogada.
Muere
ahogada.
(Se habrá caído a un río, pienso).
Entro en la noticia.
Resulta
que un hombre ha asesinado
a una mujer, asfixiándola
o ahorcándola. No se sabe bien.
Lo que sí afirman es que ha dejado de vivir.
Como si no fuera culpa de nadie.
Como si no llevásemos las manos
manchadas de sangre.
Como si lo mereciera,
o lo buscara.
Como si se hubiera hecho todo lo posible.
Como si el gobierno la hubiera protegido
hasta el fin.
Como si nosotras
tuviéramos los mismos derechos.
(Qué desfachatez).


Anoche yo volvía a casa
En una mano las llaves
Incrustadas en los dedos
Sobre saliendo las más largas
(Ese era mi arma).
En la otra mano un número marcado
preparado para la llamada.
-Emergencias, ¿dígame?-.
Es todo lo que tengo.

Porque no estamos a salvo.

martes, 13 de junio de 2017

Esta mañana hay una serenidad distinta.
Quietud.
Los pájaros componen
un canto especialmente manso.
Aparece una pequeña brisa
que mece mi pelo,
de derecha a izquierda,
con el movimiento cauteloso
con el que balancea la madre
al niño que nace.
El cielo está gris
pero también podría decir azul.
No sé cómo explicarte.
Mi alma respira.
Hacía tiempo que había perdido el aliento.
A pesar de los dientes, las pesadillas,
y estas ojeras violetas
creo que he perdido un poco el miedo.

jueves, 16 de febrero de 2017

catorce.



Nunca había creído
en los catorce
de febrero.

Y entonces Rimbaud,
y entonces Monet, 
y Víctor Man, 
y Cortázar,
y mi alma blanca
como un lienzo 
aún sin estrenar
comenzó a llenarse de color.



¿Y si

-por primera vez-

no me estoy equivocando?

miércoles, 15 de febrero de 2017

Perdón por olvidarte, amor.





Perdón por olvidarte, amor.

Perdóname. Yo nunca quise.

Perdóname, mi amor.


Tenía la intención
de estar siempre
esperándote. De intentarlo,
una y otra vez,
hasta que por fin,
nos saliese bien.

Mi amor.

Perdóname.

No quería
olvidarte.

Pensaba pasarme la vida
esperando a ver
si un día volvías
a decirme que todo fue un error,
amor.
Que te quedabas conmigo.

Y en esa espera
llegó el vino
los bombones
y algo nuevo para mí:
amor.

Mi vida se ha llenado
de magia
mis días ya no llueven,
No sé
si lo comprendes.

Un huracán arrasó
con tanta fuerza
que me arrebató
el cariño y la intención.

Y ahora ya no sé quererte
ni pensar en ti,
mi amor.
Tu normalidad
se vuelve banal
y lo extraordinario
me trae de vuelta
los sentidos.

Ay, amor.
Cómo desearía
que hubieras sentido conmigo

la magia

de unas velas encendidas
en una mesa tan pequeña
como el hueco que debía haber
entre tú y yo
aquella mañana de invierno.

Ay, amor.
Cómo quise aprender de esta manera
-tan dulce-
a asustar al miedo.

Ay, amor.
Cómo te explico yo ahora
todo este amor.




Hace unos días quise comprar unas flores para la mesa del salón. -Papá, ¡voy a poner unas margaritas!- le dije a mi padre muy emocionada. Mi padre se sonrió y aunque no repitió en voz alta que siempre me olvido de regarlas, me dijo: y, ¿no será mejor que riegues esa tan maravillosa que tienes? La que está ahí a pesar de todo. Verde. Fuerte. La única que ha resistido a ti.- Yo encogí los hombros y seguí deseando mis margaritas. Ahora te he conocido, y he comenzado a regar mi planta verde a diario. Quiero que se quede, ¿sabes? Quiero mimarla. Ya no me gustan las margaritas. A veces me olvido, porque no puedo evitarlo, pero ella aguanta y juraría que la he visto sonreír. Creo que es tu luz. Quizá tu color. Quizá seas tú, que estás y eso es suficiente para seguir con vida.

Por favor:

Quédate.




Por supuesto que necesito de ti.

Necesito que me llames por teléfono cuando quieras.

Sin pedirme permiso.


Te quiero.

Y cuelgues.

Necesito que te recuestes en mis piernas.

Y leerte en alto un pedazo de un libro con el que lloré esta tarde.

Y que me digas qué sientes al escucharlo.

Y decirte por qué me he emocionado.

Necesito que me digas guapo.

Porque a veces me siento muy feo.

Otras no.

Pero las veces que sí.

¡Pues guapo!

Necesito que me comas entero.

Y te lleves con la lengua todo los pensamientos horribles.

Que a veces me hacen temblar.

Necesito sentir que me deseas.

Pero no como a un helado o a Tom Hardy.

Sino que deseas hundirte en mí.

Expandirte y contraerte.

Y dejar un charco después de mirarme.

Necesito que cuides de mí.

Enseñarte la bolita de mi pie.

Y que me la beses y me digas que no es nada.

Necesito que me dejes espacio.

Y que crezcas sin mí.

Admirarte por todo aquello que eres cuando no estoy yo.

Necesito que me abraces de noche.

No tiene que ser toda la noche.

Solo un rato.

Porque los monstruos existen,
porque el paro existe,
porque el dinero existe,
porque la muerte existe,
porque la enfermedad existe,
porque las catástrofes existen,
porque las frustraciones existen,
porque la coliflor existe.

Y luego ya cada uno a lo suyo en su lado.

Necesito que me comas el glande por la mañana.

Y la garganta.

Para arrancarle segundos a la rutina.

Necesito que estés presente.

No buscando algo mejor.

No queriendo estar en otro lugar.

Estar presente.

Necesito que me acompañes.

Porque yo puedo solo.

Pero no quiero poder solo.

No quiero más solo.

Necesito sentir que he amado.

Y que me han amado.

Que he estado en el mundo.

Y el mundo ha estado en mí.

Que aproveché esta oportunidad.

Necesito de intimidad para aguantar en público.

Me dará igual si nunca me regalas nada.

Me dará igual que no te acuerdes del día del cumpleaños de mi hermana.

Me dará igual que te quedes sin batería todo el rato.

Me dará igual que no sepas escribir lavabo.

Me dará igual que te guste el fútbol.

Me dará igual que cantes a Nicky Jam mientras limpias.

Me dará igual si engordas.

Si te quedas calvo.

Si pierdes un diente.

O un dedo.

Pues vaya.

Todos cambiamos, ¿sabes?

Lo único que necesito son dos días contigo.

Y que si se convierten en treinta años.

Genial, oye.

Pero si son dos días.

Joder.

Qué dos días.

Serán.

Y los guardaré dentro.

Con todas las cosas bonitas que me pasaron.

Durante el tiempo que habité el planeta Tierra.



-Roy Galán-

Volver

y que seas tú

viernes, 3 de febrero de 2017

Auxilio. Intento de Novela. Parte I.


Intenté tocar todas las puertas antes de lanzarme al vacío. Llamé primero a amigos, continué gritando auxilio en silencio a los conocidos, vecinos, amigos de amigos. Finalmente, puse todo mi peso sobre los hombros heridos de mis padres. Con su sangre hicieron que mis lágrimas supieran menos amargas. Pero comprendí que aquella no era la salida. Seguí intentándolo con cada persona que había formado parte de mi vida durante los últimos 28 años. Nadie. No quedaba absolutamente nadie. Y cometí el error de culparme por ello. Nunca supe relacionarme con el resto de una forma humana. Siempre fui o todo o nada. Y he ahí mi recompensa. Fue al tiempo que comprendí, que nada podría haber hecho yo para que alguna de esas puertas se abriesen. Vivimos en un mundo tan frenético que los timbres han dejado de sonar. Y nosotros hemos dejado de contestar. Nos lamentamos tiempo después de lo que podríamos haber hecho antes. Nos cargamos ese peso a la espalda y continuamos como si nada. La sonrisa se nos va volviendo mueca insípida. Y el mundo sigue girando.

jueves, 2 de febrero de 2017

Hemos vuelto.

Hemos vuelto.
Mi padre cree que es un error. Y, para serte sincera, yo también. Pero qué es el error si no un amor. Perdón, quiero decir: que es el amor si no un continuo error. Perdón. Me paso el día pidiendo perdón por errores que no he cometido. Un día, de aquellos, en los que aún hablábamos, llegamos a la conclusión de que el amor es cambiar tus líneas rojas por naranjas. Líneas rojas. ¿Cuáles eran tus líneas rojas? ¿Las cambiaste a naranja alguna vez? ¿Tornaron en cierto momento a amarillo? Quizá no soportabas esa forma mía de apretar el limón, y lo cambiaste a un simple: no lo hagas así. O quizá era el desastre de mi vida y de mi cabeza. Tal vez dijiste que nunca estarías con alguien incapaz de planear el futuro. Nunca lo supe. Y supongo que nunca lo sabré. Hemos decidido dejas atrás el pasado. Pero, ¿eso es posible? Yo sigo tomando café, salpicando cuando aprieto el limón, y vaciando el tubo de pasta de dientes por el medio. Sigo siendo huracán. Y tú sigues fumando a escondidas. ¿Por qué queremos cambiarnos? ¿Por qué no huimos para siempre? ¿Por qué sigo estando tan enamorada como el primer día que te vi en aquella sala blanca, como una luz, la de mi salvación? ¿Por qué no dejo a nadie entrar en mi vida? ¿Por qué sigo teniendo la hendidura de tu cuerpo en mi sofá? ¿Por qué no consigo sacarte de mis versos?



(Fotografía: Elliot Erwitt)

jueves, 26 de enero de 2017

Desastre natural.



Hoy
-nuevamente-
me he sentido un desastre.
Mas un desastre precioso.
Se me rompen las uñas
y se me cae el pelo.
Parezco otoño.
Anticipándome al invierno
de los días sin ti.
Pero hoy, he vuelto a reír.
A comprender que, a veces,
rompemos cosas
para que otro pueda venir
a arreglarlas.
A veces nos rompemos
a nosotros mismos y alguien

viene

con su sonrisa y su mirada limpia
de juicios. Y nos arregla un poco.

Y con eso basta.
También, a veces,
suena una carcajada
escandalosa
y toda una calle se gira.
Y es lo justo para que dos
almas puras rompan
a reír.
Y yo, con toda mi pena a cuestas,
me tapo la boca como si el ruido
de la vida pudiera contenerse,
como si un dedo
pudiera ocultar el sol.
Y tú, con todo ese peso
a la espalda,
sonríes pensando que mañana
será aún mejor.
Pero hoy,
aún es otoño,
y dices que soy
el desastre más bonito
que hayas visto jamás.
Y yo, por primera vez,
estoy feliz de ser
este maldito desastre natural.










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lunes, 23 de enero de 2017

1440.



Te echo de menos.

Unas 1440 veces al día.

Una vez por minuto.


Tampoco es tanto, ¿no?

Creo que puedo vivir así.

Al menos un tiempo.

No sé si aguantaré mucho.

Hoy me han preguntado por ti

De la forma más cruel

Que pueden hacerlo.

Me han preguntado por nosotros.

He salido corriendo.

El señor de la tienda,

se ha quedado con la barra de pan

en la mano.

Y una pregunta sincera

sin respuesta

en los labios.

No he vuelto.

No sé nada de ti.

Y eso

No es justo para mí.

Mi etapa contigo ha sido la única

en la que he querido vivir a cada instante.

Sí, a veces, quiero morir.

Pero no lo hago.

Contigo, con todo

solo quería vivir a cada instante.

Aún creyéndote eterno.

Qué triste esta espera

de olvido.

Qué tristes estos versos

que jamás serán leídos.




(Fotografía: Chema Madoz. Say No. )



domingo, 22 de enero de 2017

Hasta la melodía más esperanzadora puede sonar melancólica de manos de la tristeza.
Perdóname, por no encontrar otra manera de salvarme
que no implicara abandonarte. 


-Elvira Sastre-


Al menos aquí solo hace frío.

Mucho frío, sí.

Pero existe la posibilidad

de seguir vivos.

Hacemos fuego

calentamos algo de agua

y pasan las horas heladas.

Contamos historias

Y solo

Han muerto cinco.

Ya no nos persiguen.

Aunque nos cierren las puertas seguimos

Vivos.

Sabemos que hay gente al otro lado

del muro

que nos ha traído esperanza.

Contamos historias a los niños

Les decimos que existen ángeles,

Personas de mirada limpia

Y gran corazón

Que piensan en nosotros al dormir

Y, a veces

-aunque la mayor parte del tiempo no,
es verdad-

Eso es suficiente para seguir.

Nos morimos de frío,

Estábamos muertos de guerra.

Siempre batallando

Sin haber querido formar parte

Del combate.

No queremos entenderlo.

Queremos regresar.

Hacerlo bien.

Trabajar.

Y ser uno de esos ángeles,

De mirada limpia,

Que nos salvaron cada día

Solo pensando que allá, al otro lado

De la frontera

Seguía habiendo vida.

Mi hijo quiere ser médico.

Porque todos los días, Gonzalo

Viene, y le abraza para que entre en calor.

A pesar de los parásitos, la sarna y las infecciones.

Gonzalo, viene. Se quita la chaqueta, y le abraza tan fuerte que creo que es el amor lo que le mantiene con vida.

Mi hijo cree que la medicina es un abrazo.

Aquí no tenemos medicinas.

No suficientes.

Me basta con que mi hijo sepa

Que la esperanza

Será su salvavidas

Y que en Siria,

o en España,

Será el mejor médico

Que haya habido nunca.

Porque sobrevivirá.



Nina Simone




Talento y desolación.

Me pregunto si no son dos palabras que siempre van cogidas de la mano.


Me pregunto si cuando el mundo te duele tanto, la única salida no es el llanto.

Me pregunto si querer perderse en la locura por evitar adentrarse entre mortales sigue considerándose pecado.

La única forma de hacer soportable al talento es convertirlo en arte.

El talento te desgarra, te hace añicos, te destroza todas las vidas que resurgen a cada instante.

Porque te hace consciente y vulnerable a cada pestañeo.

Deseas no ser diferente.

Odias

serlo.

Odias

todo

lo que te ha llevado a vivir en un mundo de gente diferente

a ti.

Y quieres volar lejos.

Y quieres quedarte.

Porque dolor y placer

son parte de un mismo verbo.

Vivir.

Y puedes sentirlo

y puedes llegar a oler

la vida

en un simple escenario.

O sentir las gotas de lluvia

reconstruir tu piel.

Puedes perderte

en unos ojos

o en el abismo

que es la existencia

de un espíritu

libre.

miércoles, 18 de enero de 2017

Forgive me, first love.





Tengo que contarte algo:

No quisiera asustarte, ni que salieras corriendo. Pero me parece importante hacértelo saber. Estoy rota, hecha pedazos, trizas, trocitos pequeños, como quieras decirlo. Pero no estoy entera, ni lo estaré nunca. Eso no es malo, ¿sabes? Es solo que a veces llueve, y en otras personas la lluvia no cala, o hace una simple gotera. A mí me arrasa a caudales por cada cicatriz, me sale por todos lados y acabo haciendo un río de lágrimas. Tranquilo, sería raro que me rompiera aún más. No sé si siquiera si esto es posible. Seguramente sí, pero no me gusta pensarlo. Solo quiero contarte que a ratos largos me verás inundarlo todo. Pero también que cuando entra el sol se me sale por los poros, y mis huecos hacen unas formas preciosas, joder. Hasta a veces me asombro yo misma cuando veo el sol salir por mis heridas. La proyección de la luz en ese momento es tan impresionante que parezco no tener un solo rasguño. Y eso da pie a engaño, ¿sabes? Y yo no quiero engañarte, ni que te enamores de esa parte de mí que no soy yo. Que no soy yo siempre. Quiero que lo sepas todo. Y una vez lo hayas visto, decidas si quieres quedarte o no. Nunca lo decidas antes, por favor. Bueno, irte puedes irte cuando quieras. Pero no quieras quedarte sin saber a qué huelen las humedades, o si puedes respirar en ellas. 
Hasta la melodía más esperanzadora puede sonar melancólica de manos de la tristeza.

De la soledad.

Cuando cambias frecuentemente de residencia no eres consciente de la cantidad de personas que se van quedando atrás en tu vida. Las que no están cuando todo se viene abajo. No eres tan consciente, al menos. Un continuo ir y venir de personas en tu vida hacen que estés como en una fase de enamoramiento permanente. Absorto y ausente. Cuando por fin te paras, miras a tu alrededor y reconoces a aquellos que están, que siempre han estado y que nunca se irán. Pero también echas en falta a algunos que estuvieron, y por algo que tú desconoces decidieron abandonarte a tu destino. Empiezas a reconocer el dolor de la soledad y les repites lo mucho que te faltan, lo intentas al menos, pero solo resuena eco en tu cabeza. Ya no hay nadie, ni nada ahí. Y debes asumirlo.


Cry, baby.



Le dije que estaba rota. 
Que se alejara ahora 
que aún podía. 
Que yo solía llorar 
con frecuencia,
sobre todo si era 
domingo.


Me dijo que haría lo que yo
quisiera.

Y esta mañana al despertar,
tenía un vinilo en la puerta.
"Los mejores hits de Janis Joplin",
en la cara A, la primera canción:
Cry baby.

Mi favorita.


Cometiste el error de pensar 
que yo era un ser ordinario.
Y yo, por un tiempo, fui 
feliz creyendo serlo.


Fotografía: Ryan McGinley

Ana Elena Pena


mi Estrella Polar.



Te he dibujado en mi pared

la Estrella Polar.

Por si decides volver


a amar.

Nunca me pierdas

el Norte.

Sigue siempre a tu estrella.

No olvides

que falta Cassiopea.

Se la estoy dejando a tus manos.

Te has perdido quien soy.

He quitado todas las luces de Navidad
como quien suelta anclas amarradas.
Justo un mes después de mi partida.
Supongo que había estado esperando
a ver si un corazón blandito volvía
a llamar a la puerta del deseo.
-Hasta había puesto un timbre,
qué cosas tengo-.
Pero me equivoqué, ya ves. Tú no
vas a pedir perdón, ni yo tengo nada
que perdonarte. Supongo también
que ya no
me importa.


No supe hacerlo mejor.



Ayer mientras ordenaba mis libros en la terraza de la librería café, de pronto, se paró un niño.
Señor: ¿tiene hora?
Claro que sí, niño. Las nueve y diez. Pórtate bien, y mira dos veces antes de cruzar la calle que mañana vienen los Reyes.
El niño se quedó ahí, quieto. El señor ya no escuchaba, pero yo sí. Con una tristeza inmensa en sus ojos, dijo:
No, a mí solo me van a traer una cosa.
No supe bien qué decir ante esa soledad y esa mirada. Odiaba la tristeza que este mundo le había puesto en los ojos a ese niño que iba a recibir algo en un día cualquiera. Pensé en la cantidad de niños que lloran en las fronteras imaginarias que hemos construido entre países. Quise abrazarle, él no tenía culpa de lo que le habían hecho. Pero nunca se me han dado bien los niños. Así que respondí:
Jo, qué suerte tienes.
El niño, sin entender nada, se quedó callado unos segundos. Y después marchó como un adulto:
Me voy, que llego tarde.


No supe hacerlo mejor.